Sobre todo gracias a la actividad deshonesta de las llamadas entidades “no practicantes” –aquellas que poseen patentes sin intención real de desarrollar creaciones- y que sólo persiguen demandar a quienes inventen algo que roce el enunciado de sus registros.
Esta actividad resulta especialmente nociva para los emprendedores por el coste económico que les supone. Aunque en Europa aun no se puede patentar el software en sentido estricto, en Estados Unidos - capital de la tecnología- sí es posible desde la década de los años 80.




